La televisión tradicional marca un nuevo mínimo en 2025

El año 2025 ha supuesto un punto de inflexión para la televisión tradicional. Por primera vez desde que existen registros sistemáticos de audiencias, el consumo medio diario ha caído por debajo de las tres horas por persona, confirmando una tendencia descendente que ya no puede considerarse coyuntural. El dato no solo refleja un cambio en los hábitos de consumo audiovisual, sino una transformación profunda en la relación entre los espectadores y la pantalla.

Durante décadas, la televisión fue el eje central del ocio doméstico. Organizó horarios, rutinas familiares y conversaciones sociales. Sin embargo, en 2025 ese papel se ha diluido de forma evidente. La caída por debajo de las tres horas diarias simboliza algo más que una cifra: marca la pérdida definitiva de la televisión lineal como medio dominante.

Uno de los factores clave de este descenso es la fragmentación del consumo. El espectador ya no depende de una parrilla fija ni de horarios impuestos. Plataformas bajo demanda, redes sociales, vídeos cortos y contenidos personalizados compiten de forma constante por la atención. Frente a esta oferta flexible e inmediata, la televisión tradicional aparece cada vez más rígida y menos adaptada a los nuevos ritmos de vida.

El impacto es especialmente notable entre los públicos jóvenes. Las franjas de edad por debajo de los 35 años muestran niveles de consumo de televisión lineal claramente residuales. Para estas generaciones, el directo solo resulta atractivo en eventos muy concretos, como retransmisiones deportivas o grandes acontecimientos informativos. El resto del tiempo, el consumo se desplaza hacia plataformas digitales, donde el control del contenido y del tiempo es total.

Sin embargo, el descenso no se limita a los jóvenes. En 2025 también se observa una reducción significativa entre públicos adultos, tradicionalmente fieles a la televisión. La multiplicación de dispositivos —móviles, tablets, ordenadores— ha cambiado la manera de informarse y entretenerse incluso entre quienes crecieron con la televisión como principal referencia. El acto de “ver la tele” ya no ocupa el centro del día, sino que se convierte en una opción más entre muchas.

El contenido informativo, históricamente uno de los pilares de la televisión, también se ha visto afectado. La inmediatez de las redes sociales y de los medios digitales ha desplazado a los informativos tradicionales como primera fuente de noticias. Aunque siguen siendo relevantes para determinados públicos, han perdido su monopolio como relato principal de la actualidad.

En el terreno del entretenimiento, la situación es similar. Series, películas y programas compiten con una oferta globalizada y accesible en cualquier momento. La televisión tradicional ha quedado relegada, en muchos casos, a contenidos de consumo rápido o de fondo, perdiendo la centralidad emocional que tuvo durante años.

Este nuevo mínimo de consumo obliga a las cadenas a replantear su modelo. La estrategia ya no pasa únicamente por maximizar la audiencia lineal, sino por integrar la televisión dentro de un ecosistema más amplio. Emisiones en directo combinadas con contenido digital, presencia activa en redes sociales y plataformas propias bajo demanda se han convertido en elementos imprescindibles para seguir siendo relevantes.

La caída por debajo de las tres horas diarias también tiene implicaciones económicas. La inversión publicitaria se redistribuye, priorizando entornos digitales donde la segmentación y la medición son más precisas. Esto presiona aún más a un medio que ya opera en un contexto de alta competencia y márgenes ajustados.

Aun así, la televisión tradicional no desaparece. Su fortaleza sigue estando en el directo, en la capacidad de generar acontecimientos compartidos y en su alcance inmediato. Grandes eventos deportivos, debates políticos o programas especiales continúan congregando a millones de espectadores de forma simultánea, algo que pocas plataformas pueden replicar con la misma intensidad.

El dato de 2025 no debe interpretarse solo como una señal de decadencia, sino como la confirmación de un cambio estructural. La televisión deja de ser el centro absoluto del consumo audiovisual para convertirse en una pieza más de un paisaje mucho más complejo. Menos horas frente al televisor no implican menos consumo de contenidos, sino un consumo distinto, más fragmentado, más personalizado y más distribuido en el tiempo.

En este nuevo escenario, la televisión tradicional se enfrenta al reto de redefinir su identidad. El descenso por debajo de las tres horas diarias no es el final del medio, pero sí el final de una era. A partir de ahora, su supervivencia dependerá de su capacidad para adaptarse a un público que ya no espera, sino que elige.

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